Febrero de 2021. Mi padre se había ido. Acabábamos de enterrarlo.
Entré en su despacho de casa. La mesa de cristal, los marcos plateados, las fotos donde siempre estaban. Y encima, un montón de carpetillas con ventana, de las marrones de toda la vida. Recuerdo una en concreto: roja. No sabía de quién era. No sabía qué había dentro. No sabía si estaba terminada, a medias o pendiente de cobro.
Me senté. Yo, abogado en ejercicio, sin tener ni idea por dónde empezar.
Mi padre era asesor de empresa. Llevaba un año jubilado oficialmente, pero seguía atendiendo a sus clientes de siempre. Era buenísimo en lo suyo y profundamente antitecnológico. Se reía de los ordenadores. En casa tenía una broma que repetía mil veces: "todo a mi PDA". PDA quería decir Papel De Apuntar. Cada cliente, una carpetilla. Cada carpetilla, sus notas a mano: el asunto, el precio, el punto en el que estaba. Lo demás lo llevaba él en la cabeza.
Cuando él faltó, la cabeza se fue con él.
Lo que vino después no se lo cuento casi a nadie. Llamadas de clientes preguntando "cómo va lo mío", sin saber siquiera que mi padre había fallecido. Reclamaciones profesionales por asuntos que no se atendieron a tiempo. Deudas personales que fueron apareciendo, una a una. Papeles en blanco. Carpetillas sin contexto. Yo, intentando ser hijo, abogado, ejecutor, traductor y mediador a la vez.
Esa es la herencia real de la mayoría de las personas: no un testamento que se lee en quince minutos en el notario. Es esto. Es la carpeta roja sin nombre.
El pivote
A partir de ahí, mi vida profesional cambió. Me especialicé en herencias, en planificación patrimonial preventiva, en lo que pasa de verdad en una familia el día después y los seis meses siguientes. Escribí dos libros sobre ello — Tu Patrimonio No Es Tuyo y Despacho Antifugas, ambos publicados con Aranzadi. Pero ningún libro y ningún despacho podían resolver lo que vi en la mesa de cristal aquella mañana.
Y un día, sentado en mi propio despacho, me di cuenta de algo incómodo: yo iba a dejar un lío bastante peor que el de mi padre.
Mi padre, al menos, tenía carpetas en papel. Yo tengo cuentas en cuatro brokers porque voy cambiando según fiscalidad y operativa. Tengo cripto en varios exchanges. Fondos. Páginas web. Dominios. Suscripciones digitales. Mi mujer no sabe dónde hago qué. Cuando me senté a hacer la lista, salieron decenas de accesos que ella no sabría ni por dónde empezar a buscar.
Cuando mi padre faltó, ella estaba embarazada de mellizas. Mis hijas no llegaron a conocer a su abuelo. Y pensé: qué historia iba a dejarles yo el día que les tocara entender lo mío.
Cómo nació Leggado
Empecé a hablarlo con gente. Inversores, autónomos, gente del mundillo cripto, asesores. Todos contestaban lo mismo: que un abogado especializado en herencias, que además entendiera lo digital, montara algo así, tenía sentido. Faltaba.
Así nació Leggado.Digital.
No es un gestor de contraseñas. No reemplaza al notario. No vende tus datos. Hace una cosa concreta que ninguna otra herramienta hace bien: une lo que tienes — accesos, cuentas, papeles, instrucciones, mensajes — con quién quieres que llegue, para el momento en que ya no puedas explicarlo tú.
Yo soy el primer usuario. Mi mujer sabe dónde mirar cada cosa. De vez en cuando le pregunto: "si me pasa algo mañana, ¿dónde buscarías esto?". Lo hacemos para tranquilidad nuestra, no por miedo. Y para que las niñas, si un día les hace falta, tengan algo más que una carpeta roja.
Lo que te prometo
- ✓Que esto lo construyo yo, no un fondo de inversión que un día revende tu base de datos.
- ✓Que tu información se queda cifrada, en servidores europeos, y nunca sale a vender.
- ✓Que el día que dejes de fiarte, te llevas tus datos y los borramos.
- ✓Que cuando tu familia te necesite, encuentre lo que tú dejaste preparado.
Si llegaste hasta aquí, gracias por leer.
Si quieres escribirme, lo leo yo: angel@leggado.es.
Cinco minutos. Sin tarjeta. Empieza a dejar lo tuyo en orden.